por Georgina Quezada Forno

He escuchado experiencias de personas que desde pequeños sabían qué querían ser de adultos. En mi caso, la educación no apareció ni remotamente en mis proyectos durante los primeros 20 años de mi vida; no fue hasta que, en mi desesperación, me di cuenta que necesitaba volver a Dios y que había dado dos años de mi vida a una carrera universitaria que no amaba y para la cual no tenía vocación.

Dios me recibió nuevamente en sus brazos, completamente derrotada, para darme una nueva oportunidad y para mostrarme que su propósito para mí era la educación.

Actualmente curso mi tercer año de Pedagogía en Educación Parvularia, en la Universidad Católica de Chile y puedo asegurar que las enseñanzas más valiosas no las he recibido en las aulas de la universidad, las he adquirido en las aulas en donde he estado, tanto con los niños más pudientes, como con los más humildes. Una de ellas es que, en la labor docente, al igual que para ser herederos del reino de los cielos, debemos ser como niños (Mateo 18:1-3).

No me malinterpretéis. Todo niño tiene el derecho fundamental de contar con un maestro que sea consciente que “…le ha sido confiada una obra muy importante, una obra a la cual no debe dedicarse sin una preparación cuidadosa y cabal. Debe sentir el carácter sagrado de su vocación, y dedicarse a ella con celo y devoción… Estas cosas son indispensables, pero sin una idoneidad espiritual para el trabajo, no está preparado para dedicarse a él” ––Consejos para los Maestros, pág. 218.

Por lo tanto, es necesario que todo docente tenga vocación para la educación. Debe estar capacitado para llevar a cabo tan noble labor, realizando la tarea que el mismo Señor Jesús también realizó: ser maestro.

La Palabra de Dios dice que debemos ser como niños. Surge entonces la pregunta:  ¿Cómo son los niños? La respuesta la encontramos en El Deseado de Todas las Gentes, pág. 404, escrito por la hna. Elena de White: “La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza”. ¡Oh, cuántos son los adultos que han olvidado la sencillez y el amor confiado! “Jesús amó siempre a los niños. Aceptaba su simpatía infantil, y su amor franco y sin afectación” (ídem, pág. 472) y de igual forma quiere nuestro sincero amor y simpatía.

Está escrito que, “La razón por la cual hay tantos hombres y mujeres de corazón duro en el mundo es porque el verdadero afecto ha sido considerado como debilidad, y ha sido desalentado y reprimido. La mejor naturaleza de estas personas fue ahogada en la infancia; y a menos que la luz del amor divino derrita su frío egoísmo, su felicidad quedará arruinada para siempre. Si queremos que nuestros hijos posean el tierno espíritu de Jesús y la simpatía que los ángeles manifiestan por nosotros, debemos estimular los impulsos generosos y amantes de la infancia” (ídem, pág. 475). Esforcémonos por cultivar el amor y la generosidad en nosotros mismos. Muchos pretendemos enseñar a los niños, cuando debemos primeramente aprender de ellos y con ellos.

“Guarden todas sus cosas en las mochilas, sólo dejen sus lápices y borradores. Tenemos examen. Ordenen sus mesas, sepárense de sus compañeros y hagan completo silencio que vamos a comenzar la prueba”.

Muchos pensarán que estas son las órdenes dadas por un docente de nivel primario o secundario, pero tristemente son las órdenes de una educadora de Parvularia (Kindergarten), el nivel educativo que en Chile atiende niños de apenas 5 y 6 añitos.

Los corazones de dichos niños, por la misericordia de Dios, aún no han sido endurecidos por el contacto con el mal, sus oídos aún no han sido llenados del vocerío del mundo, sus corazones están abiertos a reconocer la presencia de Dios, sus oídos están atentos a escuchar la voz del que habla a través de la naturaleza, voz que ellos pueden escuchar. “Desde el solemne y profundo retumbo del trueno y el incesante rugido del viejo océano, hasta los alegres cantos que llenan los bosques de melodía, las diez mil voces de la naturaleza expresan su loor” ––Conducción del Niño, pág. 51. Desafortunadamente,  silenciamos esas voces y pretendemos hacer que los niños escuchen por medio de inmensos libros de textos. Querido docente, volvamos a ser sensibles como los niños, escuchemos la voz de Dios en el alegre canto de los pájaros, contemplemos su declaración de amor en la maravillosa flor de preciosos colores, dejémonos sorprender por la grandeza de las montañas y el rugido del mar, para que nuestros niños también lo hagan en nuestra compañía.

Muchos son los niños que no se avergüenzan de alzar su voz en alabanza a Dios, que toman un instrumento para emitir notas, aunque erradas, pero con el sincero deseo de expresar su adoración. “Así como los israelitas cuando andaban por el desierto alegraron su camino con la música del canto sagrado, Dios invita a sus hijos de hoy a alegrar por el mismo medio su vida de peregrinaje” ––La Educación, pág. 163. Pero existen hogares en los que por la vergüenza adquirida durante la adultez, se ven privados de las notas sinceras de alabanza. Volvamos a ser niños encantados con la música y junto a nuestros hijos elevemos nuestras voces en adoración a nuestro amado Dios.

Por último, la sociedad de la inmediatez y el materialismo nos ha impedido maravillarnos de nuestro cuerpo y sus capacidades. Pensamos que todo movimiento debe tener un fin, y si no se lo encontramos, consideramos que es una pérdida de tiempo, y procuramos que de igual forma piensen nuestros niños. “Los niños no deberían estar mucho tiempo dentro de las casas … Durante los ocho o diez primeros años de la vida del niño, el campo o el jardín constituyen la mejor aula” ––La Educación, pág. 204. Para los niños más pequeños, el simple hecho de poder alzar su mano y mantenerse sentados es un logro que los maravilla. ¡Volvamos a ser niños!  Volvamos a ver lo maravilloso que es correr, jugar, rodar por el césped, plantar con delicadeza una semilla y perseguir con todas nuestras fuerzas un ave que se eleva en los cielos.

“Es necesario
que todo
docente tenga
vocación para
la educación.”

por Georgina Quezada Forno

Pedagogía en Educación Parvularia
(Estudiante) | Chile

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