“Profe, por favor, ¡escójame! Quiero cantar en su coro.”

Miré al niño que me hablaba con voz suplicante. Tenía 7 años. Acababa yo de terminar las audiciones en su salón, y él no había sido seleccionado. Era perdidamente desafinado. ¿Qué podría hacer por él? Tenía una selección de aproximadamente 60 niños bien afinados y no quería echar a perder mi trabajo con un niño desafinado.  Le dije que lo pensaría, pero sólo para quitármelo de encima.

Hace más de 10 años de esta historia. Trabajaba en Venezuela, país próspero y hermoso en ese entonces, con amplios presupuestos y actividades gratuitas para todos.

La escuela, a la cual me habían asignado como profesora de música, quedaba en todo el centro de la ciudad, y los alumnos eran mayormente hijos de vendedores y comerciantes que trabajaban en el centro.

Pero el niño protagonista de esta historia, tenía una particularidad: era colombiano. Su familia acababa de emigrar hacia Venezuela, y en esos tiempos, ser colombiano en Venezuela no era algo fácil. Sus compañeritos le hacían la vida imposible, se burlaban de su acento, de sus orígenes.

Decidí ayudarlo. No soportaba ver la cruel burla a la cual era sometido, y este pequeñito tenía unas ganas enormes de superarse. Era inteligente, entusiasta, y realmente quería aprender música.

Empecé a darle clases de cuatro (instrumento típico venezolano). Aprendió rápido, mucho más rápido que todos sus compañeros, y poco a poco, el niño colombiano del que todos se burlaban, se convirtió en la admiración de su salón, con un ejército de amigos que se turnaban para escucharle tocar tan diestramente el instrumento que hace poco había aprendido. ¡Qué maravillosos resultados pueden lograrse a través de la música!

Pero este jovencito iba por más. Quería cantar en mi coro. Yo lo había evitado de todas las formas posibles, pero ya no había caso. Su perseverancia terminó por convencerme, y finalmente, le di la oportunidad de participar en mi coro. ¡Qué desastre!

Los primeros ensayos fueron una tortura para mí, para él, y para todos los niños presentes. Era el único desafinado, y si algo salía mal, ya sabían a quién apuntar. Volvieron las burlas, las risas, pero este niño tenía una capacidad de sobreponerse a todo. Era impresionante su capacidad de ignorar los malos comentarios y continuar con la cabeza en alto. (¡Bravo, papás!)

Empecé a trabajar con él. La primera indicación fue: “canta con menos volumen, querido”. Esto me permitiría camuflar su desafinación, y a él le permitiría escuchar a sus compañeros y tratar de imitar sus voces. Su entusiasmo terminó contagiándonos a todos, y tras muchas clases, técnicas y paciencia, el niño desafinado fue tornándose en una joya preciosa. Era un alumno ejemplar, tenía muchas ganas de aprender, “y esto a veces es más importante que el mismo talento”. Eso sí, no había día que no corrigiera su afinación. ¡Nunca había tenido un alumno así!

Una mañana de ensayo, tenía a todos mis 60 niños sentados frente a mí. Mi estrella desafinada estaba sentada en primera fila, como siempre, cantando con entusiasmo contagioso, mirándome agradecido por estar allí. Pero había algo diferente ese día. No escuchaba desafinación alguna. Por un momento pensé que este niño se había cansado de estar recibiendo correcciones de afinación y sólo estaba moviendo los labios. Me acerqué, incrédula. Realmente estaba cantando. Detuve a todo el coro. Lo miré directamente y le pedí que cantara sólo. Se puso de pie, y cantó frente a todos sus compañeros. ¡Señores, qué afinación! ¡Perfecto! Yo no sabía si reír o llorar. Terminó de cantar y todos quedamos por un momento mudos de asombro. De pronto, en un impulso, todos los niños empezaron a aplaudir. Lo levanté y le di un abrazo. Su entusiasmo y persistencia habían logrado el milagro de la afinación.

Este niño está entre los maestros que me han enseñado lecciones en la vida. Me enseñó que la perseverancia es probablemente más importante que el talento. Me enseñó que las adversidades de la vida nos deben volver más fuertes, y que debemos afrontarlas con entusiasmo. De él también aprendí a nunca más hacer acepción de personas.

Querido niño de aquel entonces, dondequiera que estés, me gustaría que cuando mi hijo crezca, pueda afrontar la vida con tu entusiasmo y tu perseverancia. ¡Que Dios ilumine siempre tus pasos!

por Caress Prado
Licenciada en Música, mención Dirección Coral Chile

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